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viernes, 20 de enero de 2012

Sábado y Domingo - 12/13

Alexander la recogió en su casa acompañado por su amigo Erik, que ocupaba el asiento del copiloto. Julya se sentó detrás. Por suerte tengo los tres asientos para mí. Y se estiró, entrecruzando las piernas.
—Ponte el cinturón. Si nos pillan y no lo llevas, la multa la pagas tú —dijo Alex mientras salían de la urbanización.
—Tranquilo, si ya lo llevo.
¿De verdad me acaba de hablar como a una niña de diez años? No puedo creer que lo esté diciendo en serio. Un tanto contrariada, July se dedicó a mirar por la ventanilla.
La música rock empezó a bombear por todo el coche, eran canciones ruidosas con cantantes chillones, ella prefería los solos de guitarra y batería, los disfrutaba mucho más que esa música ratonera y rayante.
A pesar del ruido, July empezó a adormecerse y una cortina de pelo le cayó sobre la cara, tapando la luz del día; sus ojos no tardaron en cerrarse.
—Mírala, se ha sobado —dijo Erik en tono burlón. Alex la vio por el espejo retrovisor y sonrió con cariño.
¡Lo más gracioso de todo es que no estoy dormida! Julya estuvo a punto de reír a carcajadas. Incluso estaba tarareando alguna de las canciones que sí conocía, pero era imposible que ellos la escucharan teniendo los altavoces pegados.

Tardaron cerca de dos horas en llegar al pueblo de Alex. A primera vista, no era tan bonito como le había asegurado. Era una pequeña congregación de casas viejas cubiertas de moho rodeadas por una calle serpenteante y resbaladiza. Julya se puso nerviosa en cuanto doblaron la primera curva, ya que el coche pasó a escasos centímetros de la pared de uno de los edificios, pero Alex estaba acostumbrado y conducía con pericia.
La casa decepcionó mucho, ni siquiera había luz ni agua caliente. Alex se cabreó e intentó arreglar la instalación. Se pegó con los cables, pero estaban destrozados y era imposible hacer un empalme. El chico echaba humo por las orejas y le salían sapos y culebras por la boca. Y la cosa no acabó ahí: gracias al mal tiempo, estarían los tres solos en la casa porque todos los demás "amigos" de Alex se habían rajado. Lo cual acabó por enfurecerle.
Erik y Julya se miraron de reojo; ambos temían por sus vidas.

Pasaron la mañana paseando por el pueblo, bajaron hasta el río y luego regresaron por la montaña. Al ser una chica, ambos pensaban que tendrían que ayudarla en los saltos o al bajar los terraplenes, pero Julya les demostró que estaba en forma y no les necesitaba.  
 No se me va a romper una uña, nenes. De pequeña me crié con una jauría de monstruitos. -sus vecinos- ¡Esto no es nada!
¡Esperadme, cabrones! —gritó Erik desde el río. ¡Que vosotros vais más rápidos!
—¡Cualquiera lo diría con lo alto que eres! —respondió ella.
—Sí, pero de tan alto que es, es un poco patoso —añadió Alex por lo bajo, riéndose.

Después de comer empezó a llover a cántaros. Al no haber tele ni música, recurrieron a las cartas y, para entrar en calor, empezaron a jugar a duro. Cuando Julya se enteró que era un juego de beber, no quiso participar porque el alcohol le daba dolor de cabeza.
—¿¡Que tú no quééé!? —gritó Erik al oír su negativa. ¡Tú vas a beber por mis cojones!
Le hizo gracia su tono entre estricto y guasón. Y al final también participó.
El juego consistía en hacer rebotar una moneda contra la mesa y meterla en el vaso del contrario. Cada vez que no acertaba, le tocaba beber un chupito de ron. 
 ¡Erik era un crack, un tipo divertidísimo que se reía hasta de tu sombra! Julya se lo pasó genial con él y  no tardó en pillarle el truco al juego. Fue la que menos bebió, aunque notó los efectos: no veía con claridad y se tambaleaba al levantarse, aunque hablaba y razonaba con normalidad. Precisamente por eso, Erik se picó con Julya y fue a por su vaso para que bebiera más, pero no acertó ni una. ¡Normal! ¡Después de veinte chupitos! Acabaron borrachos, riéndose por tonterías.

Sin tener idea de qué hora era, se fueron directamente a la cama. Ellos juntos en una habitación y Erik en otra. Aunque con el frío durmieron poco.
Alexander no tardó demasiado en ir al ataque: empezó a manosear a Julya. Lo cierto es que no le desagradó, pero el hecho de que intentara llegar por debajo de la cintura la puso muy nerviosa y le detuvo al instante. Pero como él insistía, July tuvo que jugar la carta más efectiva de su baraja: le dijo que tenía la regla. Y se lo creyó.
Durmieron abrazados para darse calor, ya que la casa estaba fría como un témpano de hielo. Alex se enroscó tanto a ella que terminó inmovilizándola y no pudo quitárselo de encima... Por la mañana comentó la anecdota: le dijo que le había hecho una llave de lucha y por suerte no había tenido ganas de ir al baño, sino habría tenido un problema. ¡Ambos rieron a carcajadas!
Julya fue aguda y le fue sonsacando algunas cosas sobre sus anteriores novias: ninguna había durado más de un mes, y había sido él quien rompió con ellas. Te gusta llevar la voz cantante, ¿eh? 

El domingo Julya se despidió del frío, la humedad y la incomodidad, deseosa de una ducha caliente. Para su horror, comieron en casa de Alex y ¡ella tenía el pelo sucio!  ¡¡¡DIOS!!! ¡¡Y justo tengo que ver a sus padres!!
A pesar de todo, la madre y la abuela fueron muy amables, todo sonrisas, y le cayeron bien. Sin embargo, el padre no le dio buena espina: no paraba de hacer bromitas de Alex y Julya, insinuando si se habían acostado.
Por suerte no estuvieron mucho rato, pues engulleron la comida, y después la llevaron a casa, donde Alexander la despidió en la puerta con un beso. 


3 comentarios:

mientrasleo dijo...

Me gusta la frescura con la que te expresas, el toque juvenil y directo,
Besos

Slay dijo...

Esto ya se empieza a aclarar, aunque parezca que no, a seguir asi ;)
mi mente empieza a ordenar cosas gracias al eje cronologico XD

Nuemiel dijo...

Me alegra que os guste la vida de Julya (y que a alguno os sirva de ayuda, jeje)
Gracias por comentar!
Saludos ;)