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lunes, 22 de septiembre de 2014

Relato 6 - EL SONIDO DE LA MUERTE

La lluvia repiqueteaba levemente y se oía su discurrir por el canalón de latón, al otro lado de la pared. Era una mañana fría y gris. A pesar de que ya había amanecido, el sol se ocultaba tras las pálidas nubes y no soplaba el viento. Todo permanecía en un quieto silencio.

Amelia, consciente de esa inusual calma, no movió un músculo por temor a hacer demasiado ruido. Permaneció con el rostro tan cerca de la ventana que su aliento formó un denso vaho en el cristal. Al otro lado, en el balcón, la lluvia continuaba cayendo silenciosamente, las gotas formaban diminutas ondas en los charcos de agua que se acumulaban en el jardín. Un relámpago partió el cielo en dos seguido por un escalofriante trueno. Mía se estremeció, aunque no sabía si por frío o miedo, tal vez ambas cosas. Una lágrima se deslizó por el óvalo de su rostro. Apoyó una mano en el cristal, sintiendo miles de agujas heladas atravesar su piel. De repente las piernas flaquearon y cayó de rodillas en el suelo alfombrado, llorando.

Su abuela había muerto la noche anterior, aquella mañana la enterrarían en el mausoleo familiar. Amelia estaba desolada, rota por la tristeza. Su dolor era tan profundo e intenso que no prestó atención a nada salvo a su corazón, incluso la niñera se adentró en la habitación sin que ella se percatara.

-Señorita... -la llamó en un susurro. Descubrió su figura cerca de la cama, apoyada en la ventana. La mujer suspiró y se acercó a ella con pasos apresurados. Amelia se volvió, algo sobresaltada-. Señorita, ya es la hora.

La chiquilla asintió. Sentía la cabeza pesada como si estuviera llena de niebla.

-Hace frío... -musitó con un hilo de voz. Se puso en pie y permaneció junto a la ventana, distraída, mientras la mujer sacaba del armario un elegante vestido negro. Con sólo su visión, los ojos de Mía volvieron a inundarse de lágrimas.

Cuando la niñera terminó de elegir su vestuario, la atrajo hacia el tocador y vertió agua en una palangana. Sin embargo, Amelia estaba tan distraída que no captó su mensaje y contempló sin ninguna emoción su reflejo en el agua.

-Pobre niña... -se lamentó la mujer. Entonces se inclinó y se mojó la mano, luego limpió con mucho cuidado el rostro de Mía, borrando todo rastro de lágrimas.

-Gracias, nani -dijo ella al fin, regresando a la realidad. Cogió una de las pequeñas toallas color crema con bordados y puntilla, y se secó la cara. Peinó con desgana su larga melena dorada, no reconocía a la chica de rostro pálido y mirada afligida que la observaba desde el espejo. Se quitó el camisón y se puso ropa limpia. Nani la ayudó con el corsé, tiró con fuerza de cada cordón hasta cerrarlo por completo. Mía no rechistó en ningún momento, como hacía normalmente. Sumida en la tristeza, cubrió su cuerpo con el vestido de luto.
-Señorita, deberíamos marcharnos ya.

Tomándola por un brazo, la condujo fuera de la habitación. Mientras bajaban las escaleras, Amelia vio que en el vestíbulo estaban esperando los hombres de la casa: su abuelo, su padre Máximo y su hermano pequeño Max. Su padre se mantenía erguido junto a un espléndido tapiz, lo contemplaba como si fuera la primera vez que lo veía; su gesto era serio, sereno e indescifrable, imposible de adivinar lo que sentía. En cambio, el abuelo era un libro abierto, se había dejado caer en la silla más cercana y se sujetaba la cabeza con gesto abatido. Al pie de las escaleras, Max jugaba con uno de sus escarabajos mecánicos, parecía ser el único ajeno a la desgracia que se había cernido sobre la mansión; eso habría pensado Mía si no hubiese visto sus ojos enrojecidos.

Amelia descendió los escalones, sus pasos quedaron amortiguados gracias a la moqueta. La joven acarició la cabeza de su hermano al pasar a su lado, el niño no protestó, al contrario, agradeció su gesto. A continuación se acercó al abuelo y apoyó una mano en el hombro para llamar su atención. El anciano levantó la cabeza, revelando un rostro surcado de arrugas y cansancio, un rostro donde la vanidad había sido sustituida por el dolor y la tristeza.

A unos pasos de ellos, Máximo chasqueó la lengua con disgusto y se acercó a grandes zancadas.

-Padre, compórtese -lo regañó. No soportaba verlo así, no le gustaba su debilidad.

Amelia le lanzó una mirada severa para que lo dejara en paz. Luego le dio unas palmaditas a su abuelo en la espalda y éste se limpió la cara con un pañuelo que tenía en la solapa, tosió un par de veces antes de serenarse por completo.

-Señores, el coche ya está listo.

Todos miraron al mayordomo como si se tratara de una aparición. Al instante empezaron a ponerse en marcha, agradecidos por tener algo que hacer. Fuera, en la calzada húmeda por la lluvia, los esperaba el automóvil. Tenía la carrocería negra brillante por usar cera después de lavarla y los guardabarros dorados lanzaban leves destellos. Era un vehículo grande, contaba con espacio para cuatro pasajeros, además de un pescante para el cochero, y los asientos eran de cuero oscuro. Adherido al habitáculo asomaban dos chimeneas altas y esbeltas adosadas al motor de vapor, el cual tenía unas aberturas laterales, similar a las branquias de los peces. Entre el habitáculo y las ruedas delanteras había un cristal protector para el conductor. Tenía un capó estrecho y alargado, similar al hocico de un animal. Las cuatro ruedas eran grandes, de caucho y con radios finos. 

Amelia aceptó la ayuda de Edmundo para entrar, le siguió su hermano que corrió a quitarle el sitio junto a la ventanilla, ella suspiró y se sentó en frente de él. Después su padre se acomodó al lado de Max y el abuelo se dejó caer en el hueco restante con aire cansado. Edmundo cerró la puerta con fuerza y saltó hasta el pescante, cogió el volante y giró la llave, las dos chimeneas del motor resoplaron con fastidio, soltando una nube agria y gris. El cochero torció el gesto ante el olor y, finalmente, se colocó unas gafas grandes, similar a las que se usaban al soldar, para protegerse los ojos. Los neumáticos traquetearon sobre la calle empedrada y el coche se mecía suavemente a un lado y a otro. Amelia se alisó el vestido, distraída, mientras observaba el rostro estoico de su padre. De repente un potente destello se filtró en el oscuro habitáculo y un poderoso trueno rugió por encima de sus cabeza. Amelia se estremeció, su abuelo alargó un brazo y la rodeó por los hombros, infundiéndole calma.

El coche dobló una esquina y entraron en un nueva calle adoquinada. Cuando apenas habían recorrido la mitad, una de las ruedas pasó por encima de un bache que los hizo tambalearse. A Max se le escapó de entre los dedos su escarabajo mecánico, que botó en el suelo hasta que su padre lo atrapó al vuelo.

-Max, ya eres mayor, no quiero verte con más juguetes -gruñó con voz áspera mientras se guardaba el insecto en uno de los bolsillos de su abrigo. Max bajó la cabeza, apesadumbrado por las palabras de su padre. El abuelo decidió hacer algo al respecto:

-Tranquilo, hijo. Al regresar a casa podrás jugar cuanto quieras.

-¡Padre! -gritó Máximo-. ¡No me contradigas!

-No es necesario gritar...

-Silencio, Amelia -ordenó su padre.

La chiquilla bajó la vista, al igual que había hecho su hermano, y se centró en sus manos de dedos largos y uñas esmaltadas; hacerse la manicura era uno de los mayores placeres de los que disfrutaba. Entonces recordó que a su abuela le encantaban sus manos. Nunca las ocultes bajo recargados anillos, decía. Tus manos son espléndidas, muéstraselas al mundo. Y a pesar de sus protestas, Mía se había visto obligada a llevar unos guantes cortos negros, un complemento indispensable para vestir de luto.

Amelia estaba perdida en sus pensamientos cuando el coche se detuvo con un último traqueteo. Mientras el cochero se apresuraba en bajar, el motor empezó a enfriarse con un silbido. Edmundo los recibió con unos paraguas, pues la lluvia se había convertido en un calabobos incómodo. A medida que bajaban, les entregó uno, Mía y Max compartieron el mismo.

Se dirigieron a la iglesia con pasos vacilantes, la joven se recogía los bajos del vestido mientras su hermano los cubría con el paraguas. Su padre avanzaba firme, sin mirar atrás. En cambio, el abuelo se detuvo y los esperó para caminar con ellos. Cuando llegaron a la puerta de la iglesia, Mía se cogió al brazo que le ofrecía su abuelo y entronaron juntos.

El funeral fue breve y sencillo. Los bancos de la iglesia estaban a rebosar de gente: amigos, vecinos y conocidos de la familia, personas que sentían más curiosidad que pesar ante la muerte de la señora Salvatierra.

Amelia se quedó sentada en primera fila, ajena a los murmullos del sacerdote. Dejó vagar la mirada en las coronas de flores y jarrones a rebosar de lirios y caléndulas, adornados con cintas de satén y acompañados por tarjetas con palabras de ánimo y consuelo para la familia. A su lado, Max se removía inquieto, poco acostumbrado a estar rodeado de personas con voces quejumbrosas y ataviadas por completo de negro. A pesar de la apatía de Mía y su esfuerzo por ignorar aquella situación, también empezaba a sentirse abrumada.

-Abuelo... -murmuró, tirando de la chaqueta con delicadeza para captar su atención-. No me encuentro bien.

El hombre le sostuvo la mirada unos segundos, después miró de reojo y comprobó que Máximo estaba lejos, ocupado hablando con algunos de los invitados.

-Mía, vete con Max a casa. Buscad a Edmundo para que os lleve.

-Gracias abuelito -dijo el niño con una débil sonrisa. Amelia asintió y le dio un beso en cada mejilla, el anciano pareció recuperar parte de su alegría por un momento.

En el coche, de camino a la mansión, la muchacha abrió su diminuto bolso de terciopelo y sacó una esfera metálica que tendió a su hermano.

-¿Lo tienes? -preguntó entre sorprendido y alegre. Sacó una pequeña llave del bolsillo de su chaqueta y la encajó en una muesca de la esfera para darle un par de vueltas. El artilugio vibró y se abrió lentamente, transformándose en un escarabajo metálico. El insecto se movió desde su mano hasta el hombro, trepando con sus pequeños y fuertes garfios, a su paso dejaba una leve estela de vapor-. Su sistema locomotor debe de tener alguna fuga... -murmuró el niño-. ¡Gracias Mía! Pero, ¿cómo lo has hecho?

-Papá se distrae con facilidad cuando habla de dinero, números, finanzas y balances, y aproveché la oportunidad para cogerlo.

-Tienes dedos ágiles. -Sonrió con picardía, mirando de reojo a su hermana-. ¿Puedes arreglarlo?

Amelia lo cogió y accionó un pequeño botón que tenía en la barriga para detener el mecanismo, el escarabajo se replegó y volvió a convertirse en una esfera.

-Le echaré un vistazo cuando lleguemos a casa.

-Lástima que seas chica...

-¿Por qué lo dices?

-He visto tus dibujos. Éste no es el primer juguete que has construido, podrías montar una tienda y venderlos, los niños te adorarían.

-Pero papá no me dejaría, no quiere saber nada de mis inventos mecánicos. Sólo sabe fabricar armas.

-¡Yo te ayudaré! - exclamó el niño-. Cuando sea mayor y trabaje con él, le convenceré para que fabrique tus juguetes.

Amelia sonrió, encantada. Pensaba que tardaría más tiempo en ver de nuevo un brillo de ilusión en sus ojos. A continuación se quitó uno de los guantes, cerró la mano y extendió el dedo meñique.

-¿Lo prometes?

El niño entrelazó el dedo con el de su hermana y ambos quedaron unidos por esa infantil promesa.

Las siguientes semanas se caracterizaron por un incómodo silencio, Amelia no recordaba una calma así desde la muerte de su madre al dar a luz a Max. Nueve años habían pasado y la casa jamás había vuelto a enmudecer de aquella manera.

Cuando Amelia se quedaba sola, sin la supervisión de nadie, en vez de estudiar dedicaba su tiempo a perfeccionar los diseños de sus juguetes mecánicos. En ese momento estaba dibujando una cigarra que cantaría con una caja de música colocada en su interior. Estaba perfilando las alas cuando escuchó cierto revuelo en el pasillo. Guardó sus notas y se acercó a la puerta entornada de su habitación sin hacer ruido. Tan sólo captó algunos cuchicheos de las criadas, pero no fue difícil saber de quién hablaban: su abuelo había vuelto a beber. Desde que tenía memoria, el abuelo era un hombre tranquilo, bueno y cariñoso con ellos, muy diferente de su padre. Los niños lo adoraban y a la abuela también, que había adoptado el papel de madre desde que Max era un bebé, y a raíz de su muerte, el abuelo se había convertido en un hombre apagado y taciturno, la sombra difuminada de sí mismo, y había empezado a beber. La copita de coñac y el puro de los sábados se habían convertido en algo habitual. Algunas noches se le oída vociferar, maldiciendo a Dios y al mundo, en casos así su padre lo mandaba callar con más gritos. Entonces Max solía escabullirse hasta la alcoba de su hermana, asustado. Otras veces, el abuelo lloraba con un gemido quejumbroso y lastimero como de perro apaleado. Ya no sabían qué hacer...

No obstante, sus preocupaciones se vieron eclipsadas ante la inminente puesta de largo. Amelia cumplía años el día antes de la fiesta y, por tanto, tenía derecho a participar junto al resto de chicas que aquella primavera se presentaban en sociedad.

Por enésima vez, la modista de la familia acudió a la mansión acompañada por su aprendiz, que se encargaba de llevar todos sus bártulos. El vestido de Amelia era una elegante pieza entallada, se pegaba a su cuerpo como una segunda piel y contaba con una amplia falda que rozaba ligeramente el suelo al caminar. Estaba decorado con cintas de satén cosidas de manera muy elegante y discreta.

Amelia estaba subida a un escabel, con la falda balanceándose, y los brazos ligeramente extendidos. La modista estaba desesperada, metiendo y sacando alfileres, tratando de retocar el escote y conseguir dibujar un busto del que Amelia carecía; se sentía avergonzada por su falta de desarrollo femenino.
-Me temo que no puedo hacer más...

La muchacha bajó los brazos y se miró en el espejo: de frente no veía cambios, aunque de perfil se notaba un pecho redondo y pequeño como tazas de té; confiaba que en los próximos años su desarrollo se manifestara de una vez por todas.

Estaba un tanto inquieta ante la fiesta. Durante años su abuela la había instruido en danza y protocolo, pero ahora que no le podía dar unos últimos consejos, se sentía a la deriva. Además, nunca había destacado por tener muchas amigas y se sentía un poco apabullada por estar rodeada de desconocidos. Temía meter la pata en la recepción del sábado y, si ocurriera, su padre la castigarían severamente.

Sin embargo, Máximo tenía otras preocupaciones. Desde el funeral, su padre se había desentendido de sus obligaciones en la fábrica y los otros miembros de la junta empezaban a insinuar que debían destituirlo, pero Máximo se negaba en redondo. Sin el apoyo de su padre, la familia Salvatierra perdería poder y prefería que siguiera comportándose como un lunático antes que ceder su parte de la empresa.

Ciertamente, el abuelo parecía haber perdido la razón. Se mantenía despierto a altas horas de la noche y luego dormía hasta la hora de la comida. Pronto optó por marcharse, vagabundear por la noche, sin que nadie supiera a dónde iba ni qué hacía durante tantas horas. Tampoco podían reprocharle nada, estaba ejerciendo su derecho a estar triste y, cuando le preguntaban acerca de sus paseos nocturnos, se volvía violento y huraño.

Amelia empezó a vigilar sus entradas y salidas, y anotaba la hora en uno de sus cuadernos de dibujo. Tres veces por semana, su abuelo salía después de cenar bien lavado y vestido como el caballero que era y no regresaba hasta el amanecer. Era evidente que esos tres días se citaba con alguien, ¿se trataría de alguna dama de dudosa reputación?

-¿Qué haces ahí?

Amelia se sobresaltó y se retiró de la ventana con un brinco. Su hermano estaba en el umbral de la puerta, observándola con curiosidad.

-Max, deberías estar durmiendo -lo reprendió en un susurro, colocando las manos en las caderas.

-Lo mismo que tú. -El niño esbozó una sonrisa. Se acercó con pasos sigilosos y se quedó con ella junto a la ventana-. ¿Qué mirabas?

-Nada.

-Mía...

La muchacha hizo un mohín antes de responder.

-Es el abuelo. Está muy raro.

-Echa de menos a la abuela -afirmó Max, como si fuera la observación más elemental del mundo.

-Lo sé, pero es raro que trasnoche tanto. Ya no va a trabajar. 

-¿Qué hará?

-No lo sé... Pero quiero averiguarlo.

La oportunidad se presentó la misma noche de la fiesta. Se celebraba en el club de campo, que contaba con un inmenso comedor donde habían retirado las mesas y sillas a los lados para despejar una pista de baile. Lo habían engalanado con flores, guirnaldas, lazos, cintas y luz, mucha luz. Unas inmensas arañas colgaban del techo, proyectando haces multicolores a través de sus cristales. Las paredes estaban forradas de ventanas y espejos. El ambiente estaba impregnado con el aroma de la comida provista en las mesas. Pequeños bocados deliciosos que, no obstante, no lograban saciar el hambre de nadie, mucho menos de los hombres orondos que trataban de esquivar las furibundas miradas de sus mujeres entre trago y mordisco.

Amelia estaba tan nerviosa que no tenía ni pizca de hambre. Tampoco sus compañeras, que parloteaban inquietas lanzando miradas fugaces a los caballeros más jóvenes y apuestos de la sala, todas deseaban casarse con un hombre gallardo y atractivo. Aunque sabían que la posición social era más importante que el aspecto y la edad, pocas observaban a los hombre solteros o viudos cuyo cabello escaseaba o cuya papada temblara al hablar. Por otro lado, Amelia no miraba  ni a unos ni a otros, ella estaba más centrada en su abuelo. Se mostraba tranquilo y jovial, igual que antaño, pero ella era lo suficiente observadora como para saber que fingía. Aún así, agradecía que hubiera acudido, era un acontecimiento muy importante para ella. En cuando tuviera un momento libre, se acercaría para darle las gracias.

A lo largo de la velada, le presentaron a decenas de caballeros. Los había jovencísimos, tímidos y sonrojados hasta las orejas, que transpiraban cuando les tendía la mano para que besaran sus dedos; Amelia notaba la humedad a través de sus guantes de satén y debía hacer grandes esfuerzos para evitar retirarla.

En cambio, los hombres más maduros se mostraban abiertos y relajados, charlando animadamente y contando chistes. Hubo una señora, grande y voluminosa como un globo, que no paraba de lanzar estridentes risitas ante comentarios picarones y subidos de tono de uno de los solteros. Amelia advirtió que algunas de las muchachas se sentían incómodas o perdidas, sin entender el doble sentido de lo que oían, y sintió lástima por ellas. No podía afirmar ser una experta en esos temas, porque aún era doncella y pensaba mantenerse así hasta el día que contrajera nupcias, pero tampoco era ingenua. La mayoría de niñas crecían escuchando y leyendo libros acerca de princesas y caballeros, historias donde el amor era puro y fuerte, capaz de hacer frente a cualquier adversidad. Era un bonito cuento que acababa en un amargo desengaño y ella era demasiado inteligente como para creer en esas historias.

Por último, quedaron los hombres más viejos, solterones empedernidos y viudos con manos demasiado ligeras. Era habitual notar un pellizco y, al dar la vuelta, no encontrar a nadie. A Mía la desagradaban profundamente y procuraba darle la espalda a la pared para vigilar su retaguardia. Por naturaleza no era una chica habladora y era consciente de que su silencio despertaba cierta extrañeza, pero lo achacaban a los nervios. Dejaba vagar la vista, escuchando a medias las conversaciones que la envolvían. Por suerte no le dirigían directamente la palabra y ella podía limitarse a sonreír y asentir sin mayor esfuerzo. Esa noche, más que nunca, echaba de menos a su abuela. Con ella habría estado más cómoda y segura. Si tan sólo hubiera ido su hermano... pero era demasiado pequeño incluso para ser su acompañante.

-Señorita...

Amelia levantó la vista y se topó con la sonrisa inmaculada de un nuevo galán: joven, alto, apuesto, con una presencia muy varonil y unos rizos negros y sedosos. La joven reaccionó a tiempo y levantó la mano acompañada de una tímida sonrisa. El caballero la tomó por la muñeca y, con un delicado tirón, le quitó el guante. Posó los labios en su tersa y blanca piel, provocándole un leve aunque agradable estremecimiento.
-¿Quién sois, caballero?

-Es el señor Clayton, querida -se adelantó la mujer oronda-. Un importante empresario llegado de América.
La mención del continente arrancó exclamaciones y murmullos entre el grupo de chicas.

-Ahora trabajo con vuestro abuelo, señorita Salvatierra -dijo Clayton, ensanchando su sonrisa.

-Entonces le interesa el mercado armamentístico -dejó escapar Amelia.

-En realidad no. Mis metas están centradas en el campo científico y médico.

Ella entrecerró un poco los ojos, un tanto confusa.

-Es la primera noticia que tengo...

-No os preocupéis -rió con galantería-. Vuestro abuelo no querrá aburriros con temas que no puede entender una mujercita tan encantadora como vos.

Amelia sonrió como una boba, cuando en realidad estaba indignada con aquel brabucón insolente. Pero varios pares de ojos la observaban y no debía replicar ese comentario que, a todas luces, sólo le había molestado a ella.

Amelia se apartó del grupo y avanzó hasta una de las mesas repletas con bandejas de canapés, asados, postres, fruta y copas con vino. Vio un cuenco cuajado de guindas, pequeñas y brillantes, y no pudo evitar coger una para llevársela a la boca, el dulce jugo explotó en el paladar con una increíble sensación que le provocó un escalofrío de placer. De repente escuchó una voz que la llamaba desde la distancia.

-¡Mi querida Mía!

-¡Abuelo! -Y lo abrazó entusiasmada.

-Cuidado, cariño, o derramaré el vino en tu precioso vestido. -Una sonrisa afloró a sus labios, parecía algo achispado-. Estoy orgulloso de ti.

-Gracias abuelo.

-Ojalá la abuela pudiera verte... -Una sombra de tristeza empañó sus cristalinos ojos azules-. Quizá haya un remedio.

-¿Cómo dices?

-No hagas caso de este viejo loco. Acabo de recordar que tengo que atender un asunto urgente -anunció al mismo tiempo que le daba su copa-. Diviértete.

Se alejó de ella a grandes zancadas y, a pesar de la gran cantidad de gente que inundaba el salón, pudo distinguir cómo se marchaba por la puerta principal.

Amelia le dio un sorbo al vino, era fuerte y afrutado, dejando un rastro morado en sus labios. No se lo pensó más y decidió seguirlo. Dejó la copa en la mesa, se escabulló sin ser vista y buscó el coche, por fortuna Edmundo esperaba tranquilamente fumando un pitillo.

-¿Señorita? -parecía sorprendido-. ¿Qué hace aquí fuera?
-Busco al abuelo, ¿lo has visto al salir?

-Así es. Acaba de marcharse en un carruaje de caballos.

-¿Sabes a dónde iba?

-Lo siento, pero me temo...

-No importa. ¡Sigámoslo!

Se subió al pescante y se sentó junto a él. Edmundo no sólo estaba perplejo, sino un tanto incómodo, era un hombre que nunca olvidaba las formas ni su posición. Amelia observó su fatigado rostro: con el paso del tiempo sus ojos se habían vuelto un tanto fríos, pero en ese momento brillaban con incredulidad.

-¿Está segura, señorita?

-Totalmente. Y llámame Amelia, por favor.

-Como desee...

El coche lanzó su característico ronroneo junto a una estela de humo denso y pestilente, Amelia no recordaba que oliera tan mal.

Abandonaron las calles más concurridas del centro para adentrarse en la terrible avenida principal, circularon sin detenerse hasta alcanzar el ruidoso coche de caballos que dobló en el interior de uno de los callejones más escondidos y siniestros. La niebla flotaba sobre los adoquines formando un manto etéreo que se abría a su paso. Edmundo detuvo el coche en la calle anterior para evitar que los descubrieran y la ayudó a descender cogiéndola de la mano. Amelia estaba temblando de miedo y emoción.

Se internaron en la calle donde esperaba el coche de caballos, era un callejón sin salida. Al final del corredor, una pequeña puerta herrumbrosa aguardaba a su paso. Se quedaron parados ante la vieja y oxidada entrada, sin saber qué hacer.

-¿Y ahora? -inquirió el cochero, sospechando que aquel sería el final de la extraña aventura, pero Amelia no estaba dispuesta a rendirse tan pronto.

Se llevó su fina mano enguantada al camafeo que adornaba su grácil cuello de cisne. Con un leve chasquido se abrió y de él sacó una pequeña bolita metálica similar a una canica. A continuación la colocó en el ojo de la cerradura. Al instante se abrió, convirtiéndose en una araña mecánica. El arácnido estiró las patas echas de alambres y sus engranajes producieron chasquidos.

-¿Qué es eso? -Edmundo no salía de su asombro-. ¿Y qué hace?

-Es mi ganzúa automática. Espero haber hecho los planos bien porque es la primera vez que la pruebo fuera de casa.

Hubo un ligero clik en la cerradura y la araña volvió a convertirse en una bolita que cayó rodando hasta el suelo. Amelia la recuperó recogiéndola en el hueco entre dos adoquines y la guardó en su sitio. Edmundo alargó la mano, los goznes crujieron y el gemido cansado de la puerta les dio la bienvenida al interior.

-Vamos- dijo Mía, obligando al cochero a seguirla. Tras atravesar un vestíbulo tan anodino que no repararon en él, ambos bajaron por una escaleras de caracol que a la muchacha se le antojaron infinitas.

-Edmundo, no se aleje mucho -susurró inquieta-. Este lugar me pone los nervios de punta.

-Sí, señorita. No tenga miedo, estoy justo detrás de usted.

Las escaleras seguían su declive y, poco a poco, la bóveda se estrechaba sobre sus cabezas, dejando el mínimo espacio para pasar. Amelia rozaba las paredes con la amplia falda de su vestido, no quería ni imaginar de qué color sería al llegar abajo. Un olor extraño ascendía desde las profundidades, un hedor penetrante que impregnaba sus fosas nasales. En la siguiente vuelta una tenue luz anaranjada les dio la bienvenida.

-Tenga cuidado -susurró Edmundo a sus espaldas.

Quedaba un último tramo de escalones antes de alcanzar el final. Amelia se detuvo al pie, donde un pasillo pequeño y estrecho iluminado por unas polvorientas lamparillas les conducía a otra puerta. El hedor procedía del interior.

Edmundo se adelantó a mirar mientras la muchacha esperaba en silencio, atemorizada. La emoción de la aventura había desaparecido. Sentía que había llegado demasiado lejos, pero ya era tarde para regresar.

-Ahí está -murmuró el cochero, atisbando a través del ojo de buey abierto en la puerta de madera. Amelia se acercó con cautela, aunque era evidente que no les oían. Se puso de puntillas en sus zapatos de fiesta para poder mirar al otro lado: distinguió dos siluetas, una pertenecía a su abuelo, la otra era de un hombre encorvado con una piel grisácea y decrépita, parecía fugado de un cementerio. Amelia ahogó un grito de temor.

La sala era amplia y espaciosa, aunque de techo bajo. El señor Salvatierra debía inclinar el cuerpo para no darse en la cabeza. Estaba bien ordenada con mesas, escritorios, estanterías y cajas a rebosar de gruesos libros, cuadernos y hojas con anotaciones. Un humo negruzco viciaba todo con su fetidez, serpenteando a ras del suelo, creando una capa de suciedad entre los ladrillos. En el centro del sótano se alzaba un extraño aparato que vibraba y emitía un molesto zumbido que taponaba los oídos. Unos largos tubos sobresalían de su estructura y despedían aquel vapor maloliente.

-Menudo armatoste... Oiga, señorita...

-Silencio, Edmundo.

-Amelia...

-Cállese, le digo.

El señor Salvatierra retorcía el bastón entre sus manos, tenía la mirada brillante, fascinado por lo que veía. Se sentía como un niño pequeño, quería observar y tocar todo. Fue de un lado a otro, nervioso, mirando las palancas y botones, los fuelles acoplados a un lado de la máquina, la plancha de metal suspendida entre dos varas de hierro que la mantenían horizontal. Su abuelo se acercó con cautela al siniestro personaje, que lo miraba con unos ojos pequeños y negros, consciente del respeto que imponía su presencia. No necesitaba hablar para saber que el señor Salvatierra estaba algo acongojado.

-Mi hijo me comentó que usted tiene la imperiosa necesidad de realizar un sueño, algo imposible de conseguir, ¿me equivoco?

-En absoluto -fueron las escuetas palabras del abuelo. Se sentía intimidado por esa voz de ultratumba.
-Me rogó que lo ayudara para complacerlo.

-Necesito sus conocimientos y su extraordinario trabajo.

-No me cabe duda... Verá, señor. Lo que usted pretende se aleja de las leyes de la naturaleza.

-Clayton aseguró que, con la cantidad acordada, era posible...

-Desde luego. No se altere, señor. Sólo quiero que comprenda la importancia del asunto y sus posibles consecuencias. ¿Está dispuesto a cruzar el umbral de lo conocido?

Su rostro se ensombreció, mostrando miedo y duda, pero asintió con la cabeza y guardó silencio. El siniestro personaje agradeció la respuesta y se fue a la parte trasera de la máquina, accionó una gruesa palanca y la vibración se intensificó. Los tubos escupieron una densa bocanada de humo blanco. La máquina tembló unos minutos y volvió a estabilizarse.

-Es el momento -anunció el extraño hombre. Agarró una camilla escondida en un oscuro rincón, el haz de luz desveló una forma humana oculta bajo una sábana. Una de las ruedecillas chirriaba tan alto que Amelia apretó los dientes. El abuelo se quedó absorto contemplando el perfil de la figura.

-Es... ella -tartamudeó. Le costaba tragar saliva.

-Sí, señor.

-¿Qué ocurrirá?

-Si todo sale bien, verá realizado su deseo. Sin embargo... -dejó la frase en el aire, estudiando la expresión de su interlocutor-. Si no está seguro, aún está a tiempo de echarse atrás. Ahora es el momento.

Tras unos segundo de reflexión, cuadró los hombros y ordenó que procediera. El tétrico individuo cogió con suavidad el cuerpo que reposaba en la camilla y lo depositó en la plancha de metal, no dio muestras de fatiga por el peso. Mientras le explicaba todo lo que ocurriría a continuación, colocó en la cabeza del cuerpo una corona metálica, la ajustó a través de la sábana y se aseguró que no hubiera ningún enredo en los cables de cobre que comunicaban la corona con la máquina.

-Ante todo, no se asuste por lo que vea. Los nervios pueden hacer que el final no sea el deseado.

El señor Salvatierra volvió a sacudir la cabeza, sintiendo que su pulso se aceleraba. Se escuchaban silbidos provocados por escapes de vapor. De repente, la máquina empezó a traquetear, pero las sacudidas no afectaron a la plancha suspendida en el aire donde descansaba el cuerpo inerte. Cada vez se movía con más fuerza haciendo que temblaran incluso las paredes.

Al otro lado de la puerta, Amelia se refugió en los brazos de Edmundo, asustada.

Todo cesó.

El abuelo miró expectante, pero parecía en calma. Aguardaron en silencio y un leve quejido, seguido de una respiración ronca, reveló un movimiento acompasado en la sábana que cubría el cuerpo.

-Ya... ¿Ya está? -preguntó.

-Ahora lo averiguaremos.

El doctor asió el mango de una pala de hierro y se acercó con calma. Quería mostrar una actitud tranquila, pero era evidente que estaba en tensión. Sus pasos quedaron ocultos por la respiración renqueante. Cogió la sábana por uno de sus extremos y tiró de ella. Lo que reveló dejó a todos paralizados de pavor y horror.

-Abuela...

-Pero qué demonios... -maldijo Edmundo.

La tela ocultaba el cuerpo de la señora Salvatierra. Estaba pálido y ajado, con costurones en la boca y heridas en cuello, brazos y manos, retorcía los dedos engarrotados como garfios. Intentaba moverse, pero unas correas alrededor de los brazos y las piernas se lo impedían. Una fina tira de tela le cubría los ojos, pero se podía adivinar un rastro enrojecido alrededor de ellos. Cubría su desnudez un ligero camisón de encaje y volantes.

-¿¡Qué ha hecho!? -bramó el abuelo-. ¡Esa criatura no es mi mujer!

-Le dije que existía la posibilidad de fracasar, el advertí que habría consecuencias.
-¡Jamás me habló de esto!

Los gritos alteraron al cuerpo, que empezó a retorcerse, intentando liberarse de sus ataduras. Emitía unos escalofriantes quejidos, abriendo una boca grande y negra, escupiendo efluvios y chasqueando sus dientes podridos. El sonido de la muerte.

-¡Haga algo, hombre!

- Es tarde. Es imposible recuperarla. -Se encaró al mequetrefe, pero éste empuñó la pala como un arma defensiva-. Ni se atreva a tocarme.

La criatura se movía con mayor impaciencia. La venda de los ojos se deslizó por encima de su cabeza, revelando unas pupilas lechosas, incapaces de ver, carentes de vida.

-¡Dios santo!

Amelia se llevó las manos a la boca, horrorizada por lo que estaba viendo. No podía creer que ese monstruo fuera, semanas atrás, su querida abuela. No quería creer que su propio marido la hubiera convertido en semejante aberración.

Huyó despavorida, tropezando en la angosta escalera de caracol, tirando del vestido cada vez que se enganchaba, provocando desgarrones en la delicada tela. Edmundo le pisaba los talones, tan silencioso como de costumbre, mientras ella resollaba con lágrimas en los ojos. Se arrojó sobre la puerta que daba al pequeño vestíbulo de la vivienda. Su pecho subía y bajaba enloquecido, su cuerpo exudaba calor y miedo, apenas percibió el roce del cochero al pasar junto a ella para abrir la puerta de la calle.

-Señorita, tenemos que irnos.

Amelia asintió, aún con el pulso acelerado. Intentó arreglar su peino recogiendo los mechones alborotados que se enredaban entre sus dedos; parecía absurdo, pero eso la tranquilizaba.

Una vez en el interior del coche, se sumió en un silencio sordo e intenso. Sólo escuchaba, de forma lejana y sin importancia, el traqueteo del motor y el silbido de la chimenea al expulsar humo. Pronto cayó en un estado de indiferencia y su cuerpo se acompasó al movimiento del vehículo. Pasaron de largo el edificio donde aún se celebraba la fiesta, sus puertas arrojaban a la calle luz, música y una algarabía de voces.

Llegaron a casa envueltos por la bruma y el halo de luz que arrojaban las farolas de gas, una fuente de luz que no se dejaba engullir por la niebla matinal. El coche se detuvo con una leve sacudida. Cuando Edmundo abrió la puerta, Amelia tardó un momento en reaccionar. Se puso en movimiento y bajó con la misma falta de vida que sus autómatas mecánicos. Apenas fue capaz de articular un agradecimiento por la ayuda del cochero.

-Edmundo... -murmuró torpemente-. ¿Cuento con tu discreción?

-Por supuesto, señorita.

La animó a cruzar la puerta de entrada, donde Nana los recibió. La anciana, fuerte y robusta como un roble, condujo a la muchacha hasta su dormitorio. Si reparó en los desgarros y la suciedad del vestido, así como el rostro demacrado de Mía, no hizo ningún comentario al respecto. Tampoco Amelia lo habría escuchado, ni siquiera era consciente de donde se encontraba. Nana la desvistió con presteza, lavó sus manos magulladas y el hollín de su rostro, y la cubrió con un camisón limpio y almidonado. La obligó a acostarse al mismo tiempo que se llevaba el candil, la habitación quedó sumida en penumbras. Amelia aún tenía los ojos abiertos y el cuerpo anestesiado, ajena al frío que reptaba por su alma. Una serpiente abrazada a su corazón, aún atenazado por el miedo y el horror.

La comodidad de la cama y el olor a jabón de las sábanas consiguieron relajar su cuerpo. Los párpados se volvieron pesados. Los ojos se acostumbraron a la oscuridad y terminaron por cerrarse. Tuvo un sueño tranquilo, exento de pesadillas.

Edmundo se despidió a la mañana siguiente. Durante la noche guardó sus pocos enseres y dobló a la perfección las camisas y pantalones. Recogió y limpió su modesta y pequeña habitación junto al cuarto de los lacayos. A primera hora de la mañana, entregó su distintivo al mayordomo jefe y se marchó con un escueto buenos días. Nadie supo sus motivos para tan inesperada partida.

Amelia se quedó en cama más de una semana. Durante ese tiempo no supo lo ocurrido, ni siquiera tenía fuerzas para abrir los ojos. Su niñera procuró que no la molestaran, asegurando que estaba enferma y debía descansar para recuperarse.

Al poco de despertar y reanudar su vida tratando de ignorar el desagradable descubrimiento sobre su abuelo, estalló el escándalo: la famosa empresa armamentística familiar estaba en quiebra. Las vidas de Amelia y Max se truncaron de la noche a la mañana. La policía acudió a la casa al mismo tiempo que las rotativas sacaban a la venta los primeros ejemplares aún con la tinta húmeda, los periódicos se agotaron en un abrir y cerrar de ojos. Se acusaba al señor Salvatierra de haber desfalcado cantidades escandalosas de dinero y a su hijo Máximo por encubrirlo, en lugar de alertar al consejo. A pesar de las continuas y reiteradas negativas del abogado familiar, todo era cierto. Era un caso muy fácil y jugoso para la policía, que le había hincado el diente sin intención de ser indulgente.

Los siguientes meses fueron de locos. Los hombres de la familia perdieron apoyo y recursos con suma rapidez. Amelia y Max se sintieron impotentes y pequeños ante la gran cantidad de mala publicidad que estaba acabando con la buena reputación que habían acuñado los Salvatierra durante generaciones. Sólo fue cuestión de tiempo que las personas que afirmaban ser sus amigos se volvieron en su contra. Pronto salieron a la luz todo tipo de comentarios maliciosos y rencillas pasadas, los celos y la envidia que suscitó la familia durante años los convirtieron en repudiados y terminaron perdiéndolo todo.

Primero se marcharon las sirvientas y mayordomos, incluso Nana se vio obligada a partir para buscar un nuevo hogar donde servir. Hasta el momento Amelia se había mantenido seria y estoica, pero la partida de su niñera terminó por derrumbar lo poco que quedaba de su fortaleza. Lloraron abrazadas largo rato, hasta que las lágrimas se desvanecieron en sendos rastros de sal.

Ante el inminente embargo, Amelia permitió que los criados se llevaran pequeños objetos de valor -cucharas y cuchillos de plata, candelabros, fuentes y ollas- que pudieran ayudarlos a salir adelante mientras buscaban otra casa donde servir. Tuvo la perspicacia de seleccionar muebles, cuadros y demás decoración que pudiera vender fácilmente para conseguir dinero. Max lloraba en silencio cada vez que se desprendían de un nuevo recuerdo. Sin embargo, nunca se opuso. Aunque no le gustara y le doliera vender los restos de su infancia, era consciente de la apremiante situación: necesitaban marcharse cuanto antes y para ello debían reunir una buena cantidad de dinero.

El principio del fin tuvo lugar una soleada mañana de primavera. Máximo y su padre fueron juzgados como culpables de fraude y encarcelados en prisión. Amelia y Max eran a nivel social huérfanos y, como tal, fueron despojados de todo cuanto tenían. Se vieron obligados a empaquetar sus cosas y abandonar la mansión que había visto nacer y crecer a una larga línea de Salvatierra, y no tenían a donde ir.

-¿Qué hacemos, Mía?

Estaban solos, vestidos con ropas negras y maletas repletas de ropa. Los dos no pudieron evitar echar un último vistazo a sus espaldas antes de enfilar por el jardín cargados de tristeza, miedo y añoranza. Guardaron todas sus maletas en el viejo carruaje, el mismo que su padre quiso tirar para dejar sitio al automóvil, suerte que el abuelo se negó en redondo. Ahora podrían ir hasta la estación con la ayuda del viejo Tom, el caballo favorito de su abuela y el único que habían conservado. Por desgracia, tendrían que malvenderlo todo cuando no tuvieran más remedio.

Pegados a las verjas de la casa, una pequeña congregación de ciudadanos aguardaban su salida para abuchearlos y burlarse de su desgracia. Amelia sintió que le ardían las mejillas y apretó las mandíbulas, un intento de controlar la ira y el llanto que pugnaban por salir. A su lado, Max aferraba las riendas con fuerza, dejando sus nudillos blancos. Tenía los ojos acuosos, pero no derramaría una sola lágrima. Amelia bajó del pescante para abrir las puertas. La gente la empujó, aplastándola contra la grupa del caballo, que empezó a relinchar nervioso. Ella lo acarició para infundirle calma. Las personas pasaban a su lado, corriendo en dirección a la mansión. Los mismos que le dedicaban miradas maliciosas y sonrisas torcidas, se pisaban los talones, peleándose por las últimas migajas de sus vidas, pero ella se había asegurado de no dejar nada a esos buitres carroñeros.

Amelia había elaborado un pequeño plan. Tenían familia en un pueblecito cercano a las afueras de Fuenlabrada, eran parientes por parte de madre, pero jamás se habían conocido. Su madre rompió lazos al casarse con su padre. Amelia tenía miedo de presentarse allí y que los rechazaran después de todo lo ocurrido. El escándalo había sido tan sonado que era imposible que no hubiera llegado hasta el último rincón.

Era extraño e inquietante ir solos a la estación, comprar los billetes y esperar el tren. Se sentían expuestos, indefensos ante el mundo. Procuraban ocultar el rostro tras una gorra y un pañuelo, respectivamente, para evitar miradas furibundas o lastimeras. Vigilaban con recelo sus maletas y bultos. Además de ropa, habían escondido las joyas de su madre y de la abuela, así como las plumas de su padre o la pipa del abuelo. Objetos cargados de valor y sentimientos que no estaban dispuestos a dejar en manos de los cobradores del frac.

El tren permaneció quieto y en silencio en la estación. Los niños lo observaban con impaciencia, deseando que llegara la hora en la que cobrara vida y los llevara lejos de la humillación que habían sufrido. Estaban nerviosos, Max retorcía entre los dedos pequeños hilillos que se desprendían de uno de los botones de su abrigo.

-Para, o lo perderás -lo reprendió Amelia mientras terminaba el esbozo de un nuevo juguete mecánico.

-Hace demasiado calor, ¿por qué no puedo quitármelo?

-En cuanto subamos al tren estaremos seguros. Ten paciencia y deja de protestar.

-Estoy harto de esperar... -Max se cruzó de brazos, resoplando.

Un estridente pitido quebró el ambiente sosegado del andén. De inmediato, los revisores se pusieron manos a la obra, ordenando a los mozos que cargaran el equipaje de los pasajeros de primera clase, abriendo las puertas del compartimento correspondiente, revisando tiques, indicando y explicando a los más despistados.
Amelia y Max fueron los primeros en subir al suyo, el revisor apenas les dirigió una mirada al abrir la puerta. Deprisa y en silencio, acomodaron lo mejor posible sus bultos. Se sentaron uno en frente del otro, ambos mostraban abatimiento y pesar. Max se quitó el abrigo con cierta impaciencia, tiró de la gorra y se revolvió el pelo. Amelia observó en silencio cómo el revisor estaba leyendo los tiques del resto de pasajeros que querían subir al mismo compartimento que ellos.

-Deberíamos haber cogido uno para nosotros solos en primera clase -protestó Max con cara de desprecio.

-¿Estás loco? Tenemos que guardar bien el dinero. No podemos malgastarlo.

-Eso dices tú. No pasa nada si lo usamos para viajar más cómodos y tranquilos.

-No eres más que un niño... No sabes nada.

Max lanzó un bufido ronco, pero guardó silencio cuando se abrió la puerta y subieron dos hombres y un matrimonio de ancianos. Amelia se vio algo aplastada por un hombre de gran barriga, en cambio, su hermano estaba sentado cómodamente junto a la pareja. La mujer sonrió con amabilidad y Mía correspondió tímidamente. Ojalá estuviera sentada con Max.

Al principio nadie hablaba. Los ruidos del exterior llegaban amortiguados y la vista se empañaba con el humo que despedía la locomotora del tren. Uno de los revisores lanzó la última llamada para los pasajeros más rezagados y, una vez terminado, hubo un leve tirón y notaron que se ponían en marcha.

Primero fue lento, pesado, pero a medida que avanzaba fue cogiendo algo de velocidad al salir de la estación. Un haz de luz los cegó un instante antes de revelar un paisaje verde, cuajado de flores, salpicado de árboles y enmarcado por un cielo azul decorado por unas pocas nubes deshilachadas. Amelia procuraba mantenerse seria, pero sus ojos relucían de emoción al mirar el paisaje y una leve sonrisa luchaba por aflorar a sus labios. Max sonrió sin pudor al contemplarlo.

El traqueteo del tren los dejó adormilados. Se turnaron para echar una cabezada porque no confiaban en los pasajeros, que podían aprovechar un descuido para quitarles las pocas pertenencias que les quedaban.

Amelia tenía pesadillas y en la mayoría de ellas veía el cuerpo informe y corrompido de su abuela. Se movía lentamente, trastabillando. Alzaba los brazos hacia ella, gimiendo de hambre y dolor. Un sonido desgarrador, ni humano ni animal, un grito de otro mundo. Chasqueaba las mandíbulas igual que un cepo para osos, con los dientes mellados y una lengua negra e hinchada, babeando por la boca. El pelo caía apelmazado sobre los hombros, sucio y enredado, nada que ver con los elegantes moños que solía lucir la abuela. Los ojos blancos y podridos le atravesaban el alma, escrutando sus emociones y sentimientos más profundos... Amelia despertó sobresaltada, bañada en sudor, con un grito de pavor atascado en la garganta. Max alargó un brazo para cogerla de la mano, acariciándola hasta que se tranquilizó.

El resto del camino fue tranquilo. Amelia se mantuvo meditabunda, pensando en lo ocurrido en el sótano; seguía impactada por lo que había visto. No había dicho una palabra, ni siquiera a Max. Comprendía la tristeza y la desesperación de su abuelo, pero no entendía cómo podía ser tan osado y lunático como para luchar contra el orden impuesto por Dios. La abuela se había ido. Era triste y doloroso, ella bien lo sabía, pero era un hecho indiscutible que nadie podía cambiar. En realidad, nadie debería plantearse jamás una locura así.

Amelia suspiró, cansada de sus propios pensamientos, y dejó vagar la mirada por el paisaje. Era un bonito día de principios de verano. Las nubes ocultaban el sol a ratos, proporcionando sombra en las horas de más calor. Un día perfecto para comenzar una nueva vida, una vida llena de posibilidades, ilusiones y miedos. Una vida a rebosar de esperanza.