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lunes, 24 de diciembre de 2012

Epílogo - Una bestia sin jaula

La jaula ha desaparecido. Ya no hay sótano, no hay nada.

Todo gracias a ti. Al entregarte estas memorias, o la llave del sótano, lograste que reuniera el valor suficiente para abrir la jaula y enfrentarme a la bestia.

Mantener el secreto durante tanto tiempo era lo que le daba vida, pero ahora que todo se sabe, no hay motivos para encerrarla.
De hecho, ya no es una bestia. Ha perdido su fuerza y su poder. Ahora está desnuda e indefensa, acurrucada bajo un potente halo de luz.
Nada la mantiene prisionera. Ella misma ha decidido permanecer aquí, callada y sumisa; a la espera...

Será difícil abandonar los viejos hábitos, pero ya he empezado a cambiar. Puedo enfrentarme a todo lo que me depare la vida. Ya no siento ese peso y ahora hay algo de paz en mi corazón.


martes, 18 de diciembre de 2012

Última memoria de una bestia enjaulada

Todos aspiramos a ser como alguien. Todos contamos con un ídolo. 
Puede ser real o ficticio, lo malo de estos últimos es que solemos idealizarlos: son las personas perfectas que nos gustaría ser, pero imitarlas resulta una tarea ardua y prácticamente imposible.

Mi musa era una mujer joven, muy sabia para su edad, y guapa, pero tampoco en exceso. Aun así nunca reparaba en sí misma ni en el efecto que causaba su presencia en los demás.

Siempre me acompañaba. La veía en cada libro que abría, como una invitada invisible en mis lecturas. Y era la protagonista de mis historias y fantasías, o ayudaba a los personajes que yo creaba. Cuidaba de ellos, les aconsejaba y guiaba. Siempre reservaba un hueco para ella en mis escritos.

Vivía para ayudar a la gente. Toda ella se volcaba cuando alguien le pedía un favor, un consejo, un abrazo o un silencio. Sus silencios eran muy importantes, significaban que te escuchaba con toda su atención, sólo existías tú y tus palabras; estaba enteramente a tu disposición. Era tuya.

Sin embargo, a pesar de la amabilidad y educación con la que trataba a la gente, la mayoría de las personas eran mezquinos y crueles con ella. Se burlaban de su generosidad y sus buenas intenciones. 
La hirieron y humillaron. Jamás le dedicaron una palabra de aliento o un gesto cálido. Era mas fácil y divertido ridiculizarla, o simplemente ignorarla hasta el momento de utilizar su ayuda, la cual nunca les negaba por muy mal que la trataran.

Entonces empezó a cambiar. Se dio cuenta de que estaba sola y debía cuidar de sí misma; nadie lo haría por ella.
Siguió ayudando a la gente, pero a cambio pedía favores o información. Si no lo obtenía, su ayuda resultaba incompleta o errónea. 

Descubrió que le divertía confundir y jugar con la gente. Empezó a mentir. Primero eran cosas pequeñas y sin demasiada importancia. Le gustaba que la gente la creyera a pies juntillas, aún cuando nada de lo dicho fuera verdad. Ahí descubrió el poder que le otorgaba haber sido tan buena años antes: todo el mundo confiaba en su palabra y nadie se molestaba en comprobarlo.

Siempre fue muy observadora. Era capaz de saber cosas sólo con mirar a su alrededor, pero únicamente lo hacía como entretenimiento; no utilizaba lo aprendido. Pero cuando empezó a cambiar, aplicó sus análisis a los demás, utilizando su influencia en beneficio propio. 

Tuvo la suerte de dar con personas faltas de picardía, ingenuas y ciegas como un recién nacido. Y también dio con individuos mucho peores, auténticos maestros de la manipulación que era mejor mantener lejos de ella.
Sin embargo, nunca hacía cosas malas, no era malvada, pero sí consciente de su poder. Si hubiera querido aprovecharse de los demás lo podría haber hecho, pero no quiso.

De repente un día desapareció.
Así de simple, sin dejar rastro. No volví a verla en mis libros ni mis historias.
Dejé de escribir. Mi sueño de convertirme en escritora se esfumó con ella.
Se marchó llevándose consigo la inocencia, la alegría y la ilusión por la vida. Dejándome un poso de amargura y abandono que alimenté con lo último que me había enseñado: a mentir, manipular y mirar por mi bien.

Así nació la bestia y sus múltiples facetas.

Se escapó mi inspiración, mi musa, mi guía. La perdí mucho antes de que desapareciera. Cuando empezó a cambiar, dejó de ser un buen ejemplo a seguir.
Desde entonces estoy perdida sin ella y de eso ya hace mucho tiempo.

Me he perdido a mí misma. Y lo único que quiero es encontrarla y no volver a desviarme del camino jamás.
Se que continúa aquí, en algún recoveco de mi corazón. He visto su sombra en un par de ocasiones, he oído su eco en la lejanía. Es ella, tal como la concebí hace tantos años: buena y generosa, cuya máxima preocupación era ayudar a los demás.
Quiero recuperarla. Y lo conseguiré, cueste lo que cueste.


miércoles, 28 de noviembre de 2012

Memorias de una bestia enjaulada 10

Aferra los barrotes con fuerza. Chilla y berrea, provocando un eco continuo y ensordecedor. Da frenéticas vueltas por la jaula, golpeándose los brazos y el cuerpo, haciendo vibrar la jaula con cada sacudida. Se agarra del pelo y tira con fuerza. Sus gritos no paran.
Está loca. Histérica.

"¿Qué hago?"
Me siento tan impotente.

Ella continúa golpeando, arañando y llorando. Continúa profiriendo alaridos. La jaula se estremece.

¿Y todo por qué?
Por él.
El amor de mi vida está sufriendo y no puedo hacer nada por ayudarle.
Me siento tan frustrada e impotente. Una inútil.
Mi alma chilla y llora en la profunda oscuridad, sufriendo todo cuanto yo callo. Me siento encerrada como si estuviera realmente en una jaula.

¿Por qué es tan difícil?
Si por mí fuera, acudiría en su rescate, derribando puertas y muros, pero no debo intervenir.
Ese es el problema: no debo, pero es lo que más quiero. Necesito protegerle. 
Quedarme con los brazos cruzados me está volviendo loca.

Oigo los chillidos más lejos, pero ahí están, retumbando en lo más hondo de mi corazón.

Y siento de nuevo ese extraño remolino interno. Algo se mueve otra vez dentro de mí, dividiéndose y multiplicándose, cambiando de forma. 
Puedo notarlo en el corazón, algo pesado y duro que me roba el aire de los pulmones y acelera mis latidos.

El largo letargo ha terminado. La bestia ya no es dócil y manejable, ahora pelea y enseña los dientes con más rabia que nunca. 
Rechaza cualquiera de mis palabras y exige que la libere. No acepta un no por respuesta. Se revuelve en su jaula.

¿Hicimos un trato, recuerdas? 
Deja de importunarme y seguiré alimentándote.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Memorias de una bestia enjaulada 9

Hoy me siento diferente.
Por primera vez estoy experimentando un sentimiento poco común en mí.
Celos.
¿Qué aspecto tendrá la bestia?

No puedo evitar la curiosidad y me adentro en las profundidades.
En un instante me hallo frente a la jaula y dentro me encuentro con una niña de no más de tres años.
Está sentada en el suelo con sus regordetas piernas estiradas y jugando con unos bloques de madera.

Parece de lo más tranquila, pero advierto que tiene las mejillas coloradas, como si contuviera el aire a propósito. Y tiene los labios ligeramente fruncidos en una mueca de disgusto.

Me siento tan rara al verla... tan incómoda como sentir celos.

¿Y de qué tengo celos?

De lo bien que se lo pasa mi novio con sus amigos.
Sale, entra, ríe... Cada vez que me cuenta sus tonterías, siento una leve punzada de celos y pena.

Tiene unos buenos amigos con los que se divierte y puede confiar en ellos si los necesita.
¿A quién tengo yo?
A nadie, y eso es lo que duele.

Echo de menos a mis amigas.



miércoles, 14 de noviembre de 2012

Memorias de una bestia enjaulada 8

Tengo miedo. Ahora sí estoy segura. 
Temo que nos haya alcanzado la rutina.
Por eso vigilo cada una de tus palabras, cada uno de tus gestos, en busca de algún detalle que me ponga sobre aviso: tan pronto me hablas con hastío, como me abrazas para consolarme. Estoy desconcertada y eso me asusta. Me da miedo no saber lo que ocurre a mi alrededor.

Y mis cambios de humor tampoco ayudan.
Tan pronto estoy alegre como me hundo en mi absurda autocompasión y me pongo a llorar.
Entonces mi cabeza no para de analizarlo todo, una y otra vez; me estoy volviendo loca por momentos.

"Tranquila"

Abro los ojos. Estoy acurrucada, formando un ovillo, con las manos en la cabeza. Alzo la mirada y me encuentro con unos ojos llorosos que me observan desde su jaula.
Es el Miedo.
Se trata de un calco mío, pálido y ojeroso, con el cabello recogido en una trenza y ropas blancas.
También se parece a la chica de mi anterior visita: la Preocupación, aunque no tiene ese carácter tan ácido.

"Tranquila. No permitas que el miedo te paralice"
Murmura mientras se frota los brazos, como si estuviera congelada.
También está ovillada e imagino que su rostro muestra la misma expresión de miedo que el mío; como un espejo.

Noto mi corazón a mil por hora. Así que me vuelvo a cubrir con las manos, reprimiendo un gemido.

"Sé fuerte y no te precipites. No te dejes vencer por el miedo"

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Memorias de una bestia enjaulada 7

Despierto ante la jaula de la bestia. 
Estoy tumbada en el suelo; desmayada. No sé cómo he llegado hasta aquí.

Me incorporo sin dificultad y me acerco un poco a los barrotes, esperando ver los primitivos ojos de la bestia, o la mirada esquiva de la pequeña niña.
No sucede así.
En su lugar me encuentro con una figura nueva. Otra representación de la oscuridad que envuelve mi corazón. 
¿Quién será esta vez?

Es una mujer vestida completamente de negro, con unos pantalones deportivos y una camiseta demasiado holgada que deja al descubierto un hombro pálido. Va descalza y tiene el cabello oscuro recogido en una informal cola de caballo.
No me sorprende descubrir que soy yo otra vez.

"¿Qué miras?"
Parece nerviosa. No para de mover los pies y tirar de la camiseta, que vuelve a caer, revelando la clavícula.

"¿No estás asustada?"
Pregunto, insegura.

"¿Por qué?"
Me mira con recelo, como si no creyera mis palabras.
"¿Tú lo estás? ¿A qué?"

"No lo sé... Pero estoy asustada"

 "¿Eso crees? Entonces, ¿debería estarlo también? ¿Tengo que acuclillarme en un rincón, lloriqueando mientras me balanceo hacia delante y hacia atrás? ¿Crees que eso es el miedo? ¡JA! Ni siquiera te conoces a ti misma... No estás asustada"
De repente me da la espalda, dando una pequeña vuelta en el interior de su jaula. Se mueve con una gracia particular, como una bailarina que ya no puede actuar.
"¿Sabes? Deberías irte"

"¿Me estás echando?"
No doy crédito a lo que oigo.

"Vete y distráete un rato. Relajate. Tómate una copichuela si quieres, aunque la última vez no te fue demasiado bien... Avergonzaste a tu chico, y sé que eso te pesa como una losa. Como una terrible mancha en tu impecable historial de niña perfecta"

"Ese es uno de mis problemas. No quiero seguir siendo una niña perfecta..."

"Pero tampoco sabes rebelarte. No sabes quién quieres ser"

"Tal vez me puedas ayudar tú, ¿no? ¿Por eso estás aquí?"

Sonríe de medio lado, divertida por mi pregunta. Desliza una uña por uno de los barrotes, produciendo un desagradable sonido; como una tiza arañando sobre la pizarra.

"Mejor vete a ver la tele un rato, o a dormir, o lo que quiera que hagas... Deja que me duerma yo también"

"¡Necesito que alguien me ayude!"

"¿Cómo? ¡No se puede hablar contigo ahora! Estás tan nerviosa que te van a saltar los puntos. ¡Mírame! ¡No paro de moverme por tu culpa! ¿Y por qué crees que es? ¿Por miedo? ¿A qué? Ni siquiera lo sabes..."

Guardo silencio ante sus duras palabras y noto cómo las lágrimas empiezan a acumularse en mis ojos.
De repente su mirada deja de ser fría y se torna dulce. Su cuerpo empieza a menguar, volviendo a ser una niña. Volviendo a transformarse en la Tristeza.

"No mereces sufrir por algo que desconoces"

miércoles, 31 de octubre de 2012

Memorias de una bestia enjaulada 6

Los sollozos me conducen hasta el sótano. De nuevo la bestia ha tomado el aspecto de niña, pero esta vez no grita, tan sólo llora en silencio. Se restriega las manos constantemente, tratando de borrar las lágrimas y apartarse el pelo del rostro. Ya no da miedo, sino lástima.

Percibe mi presencia y se gira hacia mí, pero al segundo vuelve a darme la espalda.

"Estás triste"
Murmura sin mirarme.
Cierto, estoy triste. Por eso me encuentro aquí, pero no quiero reconocerlo.
"¿Por qué estás triste?"
Inclina un poco la cabeza, espiándome entre los oscuros mechones de pelo.

"No lo sé. Dímelo tú"

"Te sientes sola. Necesitas cariño"
De nuevo acierta, pero eso no es todo cuanto me preocupa.
"Quieres estar con él"

"Ya he estado. Hace apenas unas horas."

"Pero no ha sido suficiente, si no yo dormiría ahora mismo y no estarías llorando por dentro."
Prefiero guardar silencio. Odio que me conozca tan bien.
"Quieres que te abrace como antes, que lo haga con cariño. Que te envuelva y te estreche como si fuera un escudo contra todo mal. Contra la tristeza... No como hoy, que ha sido flojo y sin ganas, para que estuvieras satisfecha, pero no ha sido así. Tú querías más, pero te da miedo abusar de su amabilidad, de agobiarle con tu timidez y tus inseguridades."

"Calla"
Suplico sin fuerzas.

"¿Tienes miedo de que su amor esté desapareciendo?"

"Cállate"
Consigo decirlo con un poco más de convicción.

"¡Vaya! Hemos dado con la clave."
Se regocija en su descubrimiento. Ya no llora. En su lugar se acerca a los barrotes de la jaula y me observa fijamente.
"Me gustaría mucho verte asustada, aterrorizada. A ver qué aspecto tendría yo..."

"¡He dicho que te calles!"

"¿Te he molestado?"
Sus labios negros dibujan una macabra sonrisa de satisfacción. Sus ojos se vuelven más grandes y amenazadores. Unos ojos que conozco bien.

"Estoy cansada de oirte hablar"

"No. No soportas que tenga razón."
Su sonrisa deja al descubierto una hilera de dientes grandes y afilados.
"Sabes que la tengo"

"Me voy a dormir... Estoy cansada"
Doy media vuelta.

"¡Eso! ¡Vete! ¡Lárgate!"
Ruge a mis espaldas. Está dejando de ser una niña para volver a ser una bestia enfurecida.
"¡Déjame sola en la oscuridad de tu corazón!"

miércoles, 24 de octubre de 2012

Memorias de una bestia enjaulada 5

¿Qué es eso?
Alguien está gritando.
¿De dónde viene ese terrible lamento?
No hay duda, procede del sótano.
¿Quién habrá conseguido llegar hasta allí?

La oscuridad sigue siendo absoluta, pero hay algo diferente; lo noto.
Los chillidos me guían hasta la jaula de la bestia, pero no está. En su lugar hay una niña pequeña que grita presa del pánico, como si acabara de despertar de una horrible pesadilla.

Jamás me acerco a la jaula, pero me da pena verla así. Me produce una terrible desazón, un malestar que envuelve e inunda mi corazón.
Mis manos acarician los fríos barrotes y la observo en silencio mientras contengo el aliento.
No tendrá más de diez años. Está acurrucada, con la cabeza sobre el regazo y los brazos rodeando sus piernas. Viste unos zapatos de charol, leotardos blancos de lana, un vestido oscuro y debajo camisa clara.
Me resulta tan familiar...

"¿Cómo te llamas?"

De repente el llanto cesa y el eco del silencio se vuelve ensordecedor. El temor me invade. La niña alza lentamente la cabeza, dejando ver entre los gruesos mechones de su oscuro cabello un rostro blanco y frío como el mármol. Y sus ojos... No puedo evitar retroceder, temerosa. Son dos luceros brillantes en el fondo de sendos pozos de oscuridad.

"¿Te he asustado?"
Pregunta sin apenas mover sus labios finos y negros, que forman una inquietante sonrisa.

Entonces me doy cuenta del engaño: es la bestia.
Ha tomado forma de niña, y no de una cualquiera.
Soy yo. Por eso me resultaba tan familiar.
Me da miedo. Tiene un lado oscuro que da escalofríos y pone los pelos de punta. Es la yo que se apodera de mi corazón cuando estoy triste, me siento vulnerable y no deseo la compañía de nadie.

Si la bestia ha conseguido conocerme lo suficiente como para preparar esto, ¿qué otras sorpresas me esperan?


miércoles, 17 de octubre de 2012

Memorias de una bestia enjaulada 4

La bestia tiene los ojos abiertos; entornados.
Espera el momento para arañar de nuevo, o sumirse en un letargo que dure el mayor tiempo posible. Vigila atenta para saltar sobre mí, o huir en el momento indicado.

¿Sabíais que los monstruos y las pesadillas también tienen miedo?
Ella teme que la olvide. Hundirse para siempre en la oscuridad.
Y lo que más quiere es arañar y morder los barrotes; escapar de su jaula.
Pero yo no se lo permito, no es seguro dejar libre a esta bestia.

¿Está empezando a tomar forma? 
Es la primera vez, y no es buena señal. 
¿A qué se parece?
No estoy segura. 
Cambia con cada uno de mis pensamientos y sentimientos.

Sus párpados empiezan a pesar. Por fin se rinde y sucumbe. Tal vez dentro de unas horas, o un día, vuelva a dormir profundamente, esperando otra oportunidad de salir a la superficie.

Yo también debo descansar. Es agotador plantar cara al monstruo que duerme en mi corazón.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Memorias de una bestia enjaulada 3

Está inquieta, lo noto. 
Puedo sentirlo en cada latido de mi corazón; puedo palparlo.
Y cuanta más atención le brinde, más fuerte se hace.

Comienza a aullar y gruñir. Rasca los barrotes con las zarpas produciendo un sonido que me taladra los tímpanos. ¡Para! ¡Detente! No quiero ni verte. 
¡Vuelve a dormir! Vuelve a desaparecer cuando me sienta dichosa, cuando sonría otra vez, cuando me rodee con sus brazos y esté segura de nuevo con él. Vuelve a hundirte en lo más profundo de tu jaula. ¡Esfúmate!

Ríe victoriosa porque ha logrado ponerme furiosa. 
¡Para de reírte y enseñar esa hilera de dientes afilados!
Gritaría y volcaría los muebles, pero no puedo; no debo.
Déjame en paz. Sólo quiero tumbarme y dormir.
Desaparecer...


miércoles, 3 de octubre de 2012

Memorias de una bestia enjaulada 2

Una vez me preguntaste qué hacía cuando me enfadaba de verdad.
Tú dabas patadas y puñetazos a las puertas, pero yo no.
Yo me lo guardo.

Sé que no te gustó mi respuesta y tienes razón al decir que no es sano y puede llegar a ser tan peligroso como una bomba.
Pero prefiero alimentar un poco a la bestia antes que dejarla salir.

¿Quién me garantiza que seguiré siendo la misma persona una vez la bestia esté fuera de su jaula? ¿Quién dice que todo volverá a ser como siempre?

No quiero descubrir su poder destructivo, e imagino que tú tampoco.

Aunque a veces tengo la tentación de dejarla salir y darle carta blanca, por el simple placer de ver qué hace, cuánto caos genera.

Soy morbosa, lo sé. En ocasiones disfruto con el dolor y el drama. Ya me conoces... aunque tampoco sé hasta qué punto. No sé si has arañado sólo la superficie o has logrado excavar más hondo.

Pero ten por seguro que no encontrarás la jaula de la bestia. Esa está en un sótano muy profundo, y sólo yo tengo la llave.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Memorias de una bestia enjaulada 1

No tiene nombre. No lo necesita.
Ella es una bestia y, como tal, así debe llamarse. Así le gusta que la llamen.

No recuerda cómo fue a parar a aquella jaula.
Supongo que siempre estuvo allí, pero con el paso de los años fue tomando cierta forma y tamaño.
Nadie sabe cómo es, ni siquiera yo.

Sus ojos son lo único que se distinguen en el impenetrable abismo.
Son grandes y afilados, profundos como la oscuridad que la rodea y luminosos como un faro en mitad de la nada. Son un foco de furia, rabia y salvajismo. Los ojos de una criatura primitiva y peligrosa.