RESEÑAS
PELÍCULAS
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EL DIARIO DE JULYA
A pesar de ser casi las once de la mañana, el calor veraniego empezaba a apretar. ¡No quería ni imaginar cómo sería en pleno julio!
—Tengo que esperar a que cuelguen las fotos de anoche y le etiqueten... ¡Van a tardar una eternidad!
Primera semana de examenes. Julya apenas había prestado atención a sus amigos ni al ordenador. Se había limitado a hincar los codos, rodeada de apuntes y mordisqueando las tapas de los fluorescentes. Pero tener que empollar durante horas, no había evitado que maquinara un inofensivo plan que llevaría a cabo al día siguiente: se encontraría con todos sus compañeros, incluído Alex, así que se vestiría y maquillaría para ir despampanante; quería darle celos, envidia, que lamentara haber desperdiciado la oportunidad de tener algo con ella.
—¡Lo sé! —dijo ella en un tono cómplice. Al instante, su amigo miró de reojo al final de la clase, donde se había sentado Alexander.
Desde que Julya rompió su medio-rollo con Alex, se sentía totalmente liberada. Ya no tenía que preocuparse por ir con faldas cortas o pantalones ajustados, ni maquillarse o llevar tacones, por fin podía vestirse con la comodidad de antes porque ya no buscaba la atención de nadie.
Esa mañana, gracias a la poca decencia del despertador al quedarse sin pilas, Julya durmió hasta bien entrada la mañana. Como no llegaba a tiempo a la primera hora de fundamentos físicos, decidió no matarse con el coche e ir directamente a la segunda.
Ella se quedó totalmente a cuadros. Si no fuera por la férrea máscara, su cara habría sido un poema.
Con todo lo ocurrido el viernes con Alex, Julya estaba muy nerviosa y apenas soportaba la idea de ir a la universidad. Por suerte tenía a Nathan a su lado, que la acompañaba como un guardián fuerte y fiel.
Todos se asustaron, incluso Alex y Rober; ninguno era consciente de la ¿rabia?, ¿furia? que realmente bullía en su interior.
Por la tarde, Julya estaba hecha polvo. Navegaba por diferentes páginas de la red, perdiendo el tiempo en tonterías que no le sacaban ni una simple sonrisa.
El disgusto de verse ignorada y, en ocasiones, rechaza habían causado estragos en el aspecto de July, quien presentaba un rostro pálido que resultaba casi enfermizo. En apenas dos semanas había perdido cerca de cinco kilos: la ropa le quedaba demasiado holgada, incluso las faldas resbalaban por su cintura hasta caer al suelo, y si se miraba al espejo, era capaz de contar con precisión cada una de sus costillas.
—Necesito saber si quieres seguir conmigo o no. Sea cual sea tu decisión, la respetaré. Pero necesito que me lo digas.
Julya se levantó tristona y apática esa mañana: necesitaba atención y mimos con urgencia, pero al llegar a la universidad no recibió ningún tipo de cariño por parte de Alex, lo cual empeoró su estado de ánimo.
—¿Dormir? —espetó July, enarcando una ceja—. ¿En serio?
Esa semana, Julya sintió las garras del abandono clavándose en su corazón. Alexander apenas le había dirigido la palabra, inmenso en su mundo de guerreros y monstruos que lo mantenían pegado permanentemente a su portátil. A raíz de eso, July necesitaba más que nunca el apoyo de sus amigas: un día de risas y tonterías junto a Sam y Sharon. Pero la dejaron en la estacada.
—Ponte el cinturón. Si nos pillan y no lo llevas, la multa la pagas tú —dijo Alex mientras salían de la urbanización.
¡Lo más gracioso de todo es que no estoy dormida! Julya estuvo a punto de reír a carcajadas. Incluso estaba tarareando alguna de las canciones que sí conocía, pero era imposible que ellos la escucharan teniendo los altavoces pegados.
Desde hacía varias semanas, Alexander había planeado hacer una fiesta en la casa que tenía en el pueblo. Ya había invitado a varios amigos, entre ellos a Julya, y también quería que ella se llevara a algunas amigas. ¡Cuantos más mejor! había dicho. A July le pareció una buena idea, pero conociendo lo cerradas que eran sus amigas a la hora de conocer gente... dudaba mucho que quisieran ir.
Julya entrecerró los ojos mientras la observaba, le estaba dando vueltas a teorías cada vez más retorcidas. A continuación elevó la vista y la centró en Sam. A lo mejor mi gaytómetro está estropeado. Tengo que consultarlo con Sam cuanto antes.
Ahí estaba el otro problema: ¡nunca quería salir! Siempre les proponía ver películas y jugar a videojuegos, incluso que se quedaran a dormir, pero si ellas sugerían dar una vuelta, Sharon empezaba a resistirse. Pero era tan débil de voluntad que Sam y July al final conseguían que se vistiera y le diera el aire.