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viernes, 9 de marzo de 2012

Miércoles - 27

Primera semana de examenes. Julya apenas había prestado atención a sus amigos ni al ordenador. Se había limitado a hincar los codos, rodeada de apuntes y mordisqueando las tapas de los fluorescentes. Pero tener que empollar durante horas, no había evitado que maquinara un inofensivo plan que llevaría a cabo al día siguiente: se encontraría con todos sus compañeros, incluído Alex, así que se vestiría y maquillaría para ir despampanante; quería darle celos, envidia, que lamentara haber desperdiciado la oportunidad de tener algo con ella.
No quería admitirlo, pero le daba rabia que el chico la hubiera escogido como rollito de un fin de semana, cuando era evidente que ella buscaba algo mucho más duradero.

A la mañana siguiente, sus tacones retumbaron por el pasillo. Cada paso provocaba que un par de chicos se giraran para mirarla, lo cual obligaba al resto del grupo a fijarse también en ella.
Para evitar buscar a Alexander con la mirada, y que su plan se fuera al traste, decidió dejar que él la guiara hasta donde se encontraba; en ocasiones era tan escandaloso, que era imposible no saber dónde estaba.
Julya sacó su móvil e hizo que estaba escribiendo un mensaje. Entonces escuchó una carcajada.
¡Te tengo!, pensó al mismo tiempo que una sonrisa se dibujaba en sus labios. Se dirigió a la fuente de las risas y, como si tal cosa, se paró frente a Jenny y a Alex.
Les saludó con su habitual encanto y, cuando hablaba, era todo sonrisas. Pero sus ojos no perdieron ni un sólo detalle del chico, quien la miró de arriba abajo en más de una ocasión. ¡Ja! ¿Cuántas radiografías piensas hacer? Aunque desgraciadamente, no supo qué pensamientos pasaron por la mente de Alex.
Al poco llegaron Nathan y Andy, así que Julya se despidió y entró en la clase junto a sus amigos.
—¡Qué guapa estás! —comentó Nathan con una sonrisa.
—¡Lo sé! —dijo ella en un tono cómplice. Al instante, su amigo miró de reojo al final de la clase, donde se había sentado Alexander.
—¿Es para darle cerlos?
—¡Sí! No se te escapa ni una, ¿eh?
—¡Ya tu sábe!
Y rieron a carcajadas. Cualquiera diría que en poco menos de cinco minutos iban a empezar uno de los difíciles examenes finales.

jueves, 8 de marzo de 2012

Relato 3 - PAPELES MOJADOS

—Mañana... —pensó, paseando la mirada por el horizonte, perdido en la profundidad del mar.

Era un día tan ansiado, tan esperado... Abandonaría la miseria que ahogaba África y partiría a una nueva tierra. Allí encontraría la solución a todos sus problemas; por fin terminarían el hambre y las penurias.

Karim no tenía familia, trabajo ni dinero. Nada que perder y mucho por lo que luchar: un futuro. Su futuro en las doradas orillas de España.

La península ibérica quedaba separada del norte de Marruecos por tan sólo quince kilómetros; tan cerca y a la vez tan lejos... En el estrecho de Gibraltar se unían las corrientes marítimas del Atlántico y el Mediterráneo. Eran muy fuertes y siempre soplaba un viento de levante o poniente, lo que dificultaba en gran medida cruzarlo. ¡Tantos hombres, mujeres, jóvenes y niños habían perdido sus vidas! Se hundían en el mar junto a sus sueños. Se convertían en papeles mojados; papeles sin dueño. Todo para llenar los bolsillos de hombres sin escrúpulos que se aprovechaban de personas tan desgraciadas como él.  Karim había trabajado muy duro, aun así, apenas consiguió reunir el dinero necesario para pagar al usurero.

Muchos aguardaban al verano porque era muy probable que el mar se mantuviera en calma, pero era muchísimo más caro y no podía esperar; ya no quedaba tiempo. Era bien sabido que, con la llegada del invierno, cobraban más barato, pero también era más arriesgado. Lo más triste era que siempre que se hundía una patera, era justo cuando sus miembros casi podían tocar con las manos la tierra con la que habían soñado tantas veces. Pero a él no le ocurriría, no moriría en el intento como sus amigos.

viernes, 2 de marzo de 2012

Miércoles - 6

Desde que Julya rompió su medio-rollo con Alex, se sentía totalmente liberada. Ya no tenía que preocuparse por ir con faldas cortas o pantalones ajustados, ni maquillarse o llevar tacones, por fin podía vestirse con la comodidad de antes porque ya no buscaba la atención de nadie. 
De hecho, desde hacía una semana, apenas se había cruzado con Alexander y estaba muy agradecida por ello.  Así sería más fácil borrarle de su mente. ¡Gracias universo!
Sin embargo, la vida estaba llena de casualidades. Esa mañana caminaba con una calma y sosiego envidiables hasta que, al entrar en el aulario, se encontró con Alex. Gracias universo... ¬_¬
—Hola.
¡Adiós!
¿Te vas? —Julya consultó el reloj. Pero si quedan diez minutos para que empiece la clase.
¡Sí! —Y lanzó una sonora carcajada al pasar a su lado.
Ella se giró y se lo quedó mirando. Estaba perpleja O_o
¿Vienes sólo para cinco minutos?
¡Sí! —Y volvió a reírse, pero esta vez con un tono que transmitía: lo sé, soy idiota.
Qué raro eres... —comentó ella, también disimulando con una risa cordial. Y qué gilipollas.
Y cada uno siguió su camino. Julya se alegró de que las cosas volvieran poco a poco a la normalidad.